Editorial

¿Volveremos a volar?

Si algo ha conseguido la pandemia del Covid es aunar esfuerzos de gobiernos e industria para salvar la aviación. El impacto ha sido tan severo, tan rápido, tan drástico, tan global, que hemos vuelto a niveles de 2012 tanto en tráfico como en producción. Una situación agravada porque el sector estaba en pleno acelerón para poder manejar cifras incrementales como no se habían visto jamás. De 1.000 a 0 en un instante.

Hasta el Covid-19 la aviación se había demostrado como resiliente a las crisis. Aguantó y superó el 11-S, la crisis financiera de 2008, incluso la del volcán islandés Eyjafjallajökull en 2010, que demostró que el transporte aéreo no solo es una necesidad, sino que es insustituible. Pero esta vez es diferente, esta vez no volveremos a volar (hasta dentro de mucho tiempo) porque no queremos volar.

La afirmación anterior puede parecer radical, pero no hay otra forma de definir el estado público de opinión. Y tampoco se puede afirmar que la aviación como sector ni como industria esté tomando los pasos correctos para modificar esa opinión. La lluvia de dinero que se está derramando sobre el sector sólo es un paliativo.

Es cierto que no depende solo de ella, que hay regulaciones gubernamentales y sanitarias que cambian de la noche al día y que no hacen más que añadir incertidumbre e inconsistencia. Nadie sabe, nadie, ni pasajeros ni aerolíneas, ni gobiernos, si mañana podrá volar de A a B… ni si podrá volver.

Esto no se cura confiando en que la aviación es una necesidad y que andado el tiempo cambiará la percepción pública de que volar es seguro tanto desde el punto de vista de las aeronaves (ahí está el MAX) como desde la salud pública.

Tampoco se cura porfiando en que el público confiará sin más en los procedimientos que se implementen, como ocurrió tras el 11-S (limitaciones de productos embarcados y controles de seguridad). Este caso es diferente porque no se sabe a ciencia cierta qué es el Covid, ni qué lo causó, ni qué efectos secundarios produce, ni cómo se cura, ni si se cura, ni si existe vacuna, ni si funcionará, o por cuanto tiempo tendremos anticuerpos tras inocularnos. Y por último y más importante por lo que nos afecta como sector: si estar unas horas en un avión, o en un aeropuerto, es seguro.

La recomendación de las autoridades sanitarias es la de distancia social, máscaras faciales, lavado de manos y reducción de interacción social a grupos pequeños y controlados, siempre los mismos. Todos lo sabemos, todos confiamos en nuestras autoridades y seguimos sus recomendaciones porque el virus es invisible, no sabemos si esa persona con la que nos cruzamos está o no infectada, no es posible fiarse de los demás (y esto sí es triste, muy triste) excepto de los más allegados. Pero en un avión sólo es posible usar máscaras. No existe la distancia social, no volamos siempre con nuestros allegados, ni podemos lavarnos las manos constantemente.

El intento del sector aerocomercial por asegurar que los filtros HEPA y los revestimientos de las cabinas hacen muy improbable la transmisión del virus por las propias aeronaves fue un buen intento. Pero ahí se quedó… porque no es ese el problema. ¿Quién y cómo me asegura que ese pasajero que vuela a mi lado no es transmisor? ¿O quién si acaso lo soy yo? ¿Quién tiene la autoridad como para denegar el embarque a un pasajero del que se sospecha que está infectado? ¿El aeropuerto, la aerolínea, los funcionarios de control de pasaportes, los agentes de seguridad aeroportuaria? ¿Porqué en un país, aeropuerto y aerolínea se puede volar de una forma y en otro país, aeropuerto y aerolínea de otra?

Es necesario que el sector como un todo establezca protocolos comunes, demuestre que sus procedimientos funcionan, con hechos, con números y que se comuniquen transparente y masivamente esos resultados. Es necesario que haya procedimientos comunes internacionalmente en países, aeropuertos y aerolíneas para que podamos confiar.

Hasta que no se responda a estas preguntas, hasta que no haya un mensaje consistente y único y se comunique masivamente, hasta que no cambie el estado de opinión y las vacunas demuestren que son eficaces, no volveremos a volar. Y puede pasar mucho tiempo… que el dinero no podrá comprar.